Anhelo y fervor: breve taxonomía ilustrada.
por Felicitas Cordes

“La mejor teoría de la belleza es su historia. Pensar en la historia de la belleza significa concentrarse en su uso en manos de comunidades específicas.”

Susan Sontag, "Un argumento sobre la belleza"1

La serie Currambero de Noelle Lieber toma su toponimia del mote que reciben los habitantes de la zona de Barranquilla, ciudad colombiana cuyas tierras fueron legalizadas en el siglo XVII. Barranquilla fue un lugar en donde el mestizaje tuvo mayor imbricación entre el Caribe, Medio Oriente y luego Europa. Este territorio, poblado por indígenas caribe procedentes de Mesoamérica en principio, fue ocupado durante la Contrarreforma española por oleadas periódicas de árabes, moros, moriscos y judíos. A diferencia del resto de las ciudades del Caribe colombiano, Barranquilla fue poblándose lentamente por los españoles expulsados de ciudades lindantes como Cartagena o Santa Marta, quienes contradijeron la ética católica de la gobernación de Castilla de Oro y su eventual entidad territorial del Virreinato del Nuevo Reino de Granada. Ciudad de paso, que con el tiempo se consideró sitio de libres, Barranquilla habría luego de tornarse en el punto de entrada principal a Colombia por parte de miles de inmigrantes luego de la Primera Guerra Mundial. A comienzos del siglo XX, se ganó el apodo de "Pórtico Dorado de la República" y, mediando el mismo siglo, el de "Puerta de Oro de Colombia y Curramba", la Bella -“Curramba”-, como pronunciación inversa de la abreviatura "Barranq".

Siguiendo este sobrenombre, Lieber nos adentra en esta zona de la geografía colombiana para dar cuenta de la construcción iconográfica de América Latina como deseo de apropiación vehemente de su territorio y su fervor mágico.

Un signo primero en estas obras es el uso de un espacio bidimensional, con fondos planos, como si estas escenas sólo tuvieran sitio en lo imaginario.

Allí se da este encuentro entre América y Europa. Una América sin plumas y su habitual carcaj sino más bien como un hombre de tez oscura, contextura gruesa, semidesnudo y clara expresión viril rayando el priapismo. Europa es el desenfado en mujeres de los años veinte que bien lejos se encuentran del entonces ideal virginal y ascético de mujer.

El ordenamiento que Lieber nos ofrece en estos improbables diálogos designa algunos de los elementos de las tempranas representaciones europeas de la población y topografía originarias americanas según su “idea de América”.

Esta serie de dibujos a la témpera está plagada de flora y fauna de estas latitudes, máscaras y trajes chamánicos amazónicos para hablar de la diversidad del complejo religioso y ceremonial americanos. Toda esta simbología autóctona se desarrolla en un universo imaginario de hombres arcaicos bajo la mirada etnocentrista de una serie de mujeres “alocadas” de la década del 20.
Hay constantes referencias al uso de alucinógenos, tan vinculados a los cultos solares , como plantas que contienen el poder del espíritu y lo expresan en el vigor viril de sus hombres curramberos y en la cantidad de luz concentrada en la flora.

Siguiendo la improbabilidad de este encuentro entre hombres “bárbaros” y mujeres “modernas” el color dorado surca los dibujos, como color sobrenatural y de inspiración divina. A la misma vez, el dorado es símbolo de realeza para el viejo continente. Es importante recordar aquí que las dinastías hispánicas cobraron gran relevancia en las gobernaciones americanas ya que nunca fueron visitadas por sus monarcas. Es por esto que la manipulación de las representaciones de sus reyes fue mayor en América que en España misma; aquí las imágenes sustituyeron a los monarcas ausentes, difuminando sus personalidades en favor de reyes abstractos tan majestuosos como el Sol.

En la América virreinal, tanto en las celebraciones de los juramentos de los nuevos reyes como en sus pompas fúnebres, las imágenes obraron como instrumento de propaganda y de persuasión de la soberanía de la corona española y de su jerarquía gubernamental. La categoría estética de los dibujos de Lieber conserva las huellas de esta escritura simbólica donde la artista reescribe su propio programa astrológico en los escudos que elije para enmarcar algunos de sus dibujos.

Lieber toma una rareza gráfica del siglo XVII -presente en las exequias de Luis I de Borbón- al reproducir “Petit aurea coelum”, que simbolizaba la constelación de Berenice en el jeroglífico original que buscaba resaltar la pureza de los pensamientos del monarca. En la representación de Lieber, una de estas mujeres coquetea con un hombre americano bajo una corona imperial, coronados por un “cielo dorado”.

Plantas suculentas y espinosas como el cactus llegaron al Viejo Mundo por medio de semillas transportadas por pájaros migratorios o troncos en corrientes marinas. El exotismo de esta América originaria llega a las mujeres europeas de Lieber de principios de siglo XX en movimientos provocativos, en el desparpajo propio de estas primeras mujeres europeas emancipadas de su carga ancestral femenina.

Todas ellas deseosas de lo que dicta el imaginario europeizado de América: exotismo, abundancia, virilidad sobrenatural.

Las representaciones simbólicas del imperio neogranadino, escudos de armas de las ciudades, flora y fauna autóctonas, dioses de la antigüedad, y virtudes que acompañan a los monarcas hispánicos en sus retratos son aquí elementos para una hibridación casi barroca de Lieber. Jugando al escándalo en su dibujo de mujeres cancán con máscaras de adoración precolombinas, sus señoritas alzan sus piernas y mueven sus faldas provocativamente. El dorado aparece en contraste con el negro que, en términos heráldicos, debiera ser símbolo de pudor, modestia, prudencia y discreción.

América precolombina, también mesoamericana y europeizada en Lieber, como la heráldica, plena de simbología, muestra los elementos de la identidad americana como colección de apólogos para pensar nuestra contemporaneidad visual.

Anhelo y fervor: breve taxonomía ilustrada.
por Felicitas Cordes

“La mejor teoría de la belleza es su historia. Pensar en la historia de la belleza significa concentrarse en su uso en manos de comunidades específicas.”

Susan Sontag, "Un argumento sobre la belleza"1

La serie Currambero de Noelle Lieber toma su toponimia del mote que reciben los habitantes de la zona de Barranquilla, ciudad colombiana cuyas tierras fueron legalizadas en el siglo XVII. Barranquilla fue un lugar en donde el mestizaje tuvo mayor imbricación entre el Caribe, Medio Oriente y luego Europa. Este territorio, poblado por indígenas caribe procedentes de Mesoamérica en principio, fue ocupado durante la Contrarreforma española por oleadas periódicas de árabes, moros, moriscos y judíos. A diferencia del resto de las ciudades del Caribe colombiano, Barranquilla fue poblándose lentamente por los españoles expulsados de ciudades lindantes como Cartagena o Santa Marta, quienes contradijeron la ética católica de la gobernación de Castilla de Oro y su eventual entidad territorial del Virreinato del Nuevo Reino de Granada. Ciudad de paso, que con el tiempo se consideró sitio de libres, Barranquilla habría luego de tornarse en el punto de entrada principal a Colombia por parte de miles de inmigrantes luego de la Primera Guerra Mundial. A comienzos del siglo XX, se ganó el apodo de "Pórtico Dorado de la República" y, mediando el mismo siglo, el de "Puerta de Oro de Colombia y Curramba", la Bella -“Curramba”-, como pronunciación inversa de la abreviatura "Barranq".

Siguiendo este sobrenombre, Lieber nos adentra en esta zona de la geografía colombiana para dar cuenta de la construcción iconográfica de América Latina como deseo de apropiación vehemente de su territorio y su fervor mágico.

Un signo primero en estas obras es el uso de un espacio bidimensional, con fondos planos, como si estas escenas sólo tuvieran sitio en lo imaginario.

Allí se da este encuentro entre América y Europa. Una América sin plumas y su habitual carcaj sino más bien como un hombre de tez oscura, contextura gruesa, semidesnudo y clara expresión viril rayando el priapismo. Europa es el desenfado en mujeres de los años veinte que bien lejos se encuentran del entonces ideal virginal y ascético de mujer.

El ordenamiento que Lieber nos ofrece en estos improbables diálogos designa algunos de los elementos de las tempranas representaciones europeas de la población y topografía originarias americanas según su “idea de América”.

Esta serie de dibujos a la témpera está plagada de flora y fauna de estas latitudes, máscaras y trajes chamánicos amazónicos para hablar de la diversidad del complejo religioso y ceremonial americanos. Toda esta simbología autóctona se desarrolla en un universo imaginario de hombres arcaicos bajo la mirada etnocentrista de una serie de mujeres “alocadas” de la década del 20.
Hay constantes referencias al uso de alucinógenos, tan vinculados a los cultos solares , como plantas que contienen el poder del espíritu y lo expresan en el vigor viril de sus hombres curramberos y en la cantidad de luz concentrada en la flora.

Siguiendo la improbabilidad de este encuentro entre hombres “bárbaros” y mujeres “modernas” el color dorado surca los dibujos, como color sobrenatural y de inspiración divina. A la misma vez, el dorado es símbolo de realeza para el viejo continente. Es importante recordar aquí que las dinastías hispánicas cobraron gran relevancia en las gobernaciones americanas ya que nunca fueron visitadas por sus monarcas. Es por esto que la manipulación de las representaciones de sus reyes fue mayor en América que en España misma; aquí las imágenes sustituyeron a los monarcas ausentes, difuminando sus personalidades en favor de reyes abstractos tan majestuosos como el Sol.

En la América virreinal, tanto en las celebraciones de los juramentos de los nuevos reyes como en sus pompas fúnebres, las imágenes obraron como instrumento de propaganda y de persuasión de la soberanía de la corona española y de su jerarquía gubernamental. La categoría estética de los dibujos de Lieber conserva las huellas de esta escritura simbólica donde la artista reescribe su propio programa astrológico en los escudos que elije para enmarcar algunos de sus dibujos.

Lieber toma una rareza gráfica del siglo XVII -presente en las exequias de Luis I de Borbón- al reproducir “Petit aurea coelum”, que simbolizaba la constelación de Berenice en el jeroglífico original que buscaba resaltar la pureza de los pensamientos del monarca. En la representación de Lieber, una de estas mujeres coquetea con un hombre americano bajo una corona imperial, coronados por un “cielo dorado”.

Plantas suculentas y espinosas como el cactus llegaron al Viejo Mundo por medio de semillas transportadas por pájaros migratorios o troncos en corrientes marinas. El exotismo de esta América originaria llega a las mujeres europeas de Lieber de principios de siglo XX en movimientos provocativos, en el desparpajo propio de estas primeras mujeres europeas emancipadas de su carga ancestral femenina.

Todas ellas deseosas de lo que dicta el imaginario europeizado de América: exotismo, abundancia, virilidad sobrenatural.

Las representaciones simbólicas del imperio neogranadino, escudos de armas de las ciudades, flora y fauna autóctonas, dioses de la antigüedad, y virtudes que acompañan a los monarcas hispánicos en sus retratos son aquí elementos para una hibridación casi barroca de Lieber. Jugando al escándalo en su dibujo de mujeres cancán con máscaras de adoración precolombinas, sus señoritas alzan sus piernas y mueven sus faldas provocativamente. El dorado aparece en contraste con el negro que, en términos heráldicos, debiera ser símbolo de pudor, modestia, prudencia y discreción.

América precolombina, también mesoamericana y europeizada en Lieber, como la heráldica, plena de simbología, muestra los elementos de la identidad americana como colección de apólogos para pensar nuestra contemporaneidad visual.